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La avaricia es una estupidez

En su circular de hoy a sus compañeros, Ernst Prost aclara por qué una austeridad mal entendida no tiene nada que ver con actividad empresarial y por qué se tiene que invertir precisamente en tiempos difíciles

Queridos compañeros y compañeras:

 

Cuando los pedantes y los avariciosos se hacen cargo de una empresa, entonces la empresa está perdida. Como se suele decir, estos tipos de directores son unos "peseteros". No es muy bonito, pero los describe a la perfección. El límite de lo decoroso se traspasa con esta expresión tan plástica: "Por cinco céntimos se deja reventar una ampolla de su entrepierna". Me vuelvo a expresar aquí en estos términos, porque parto de la base de que los niños no leen mis circulares. A propósito de mascarillas y ministros: ¿Sabe usted si hoy ha ido algún político a algún aeródromo para dar la bienvenida a un avión con un cargamento de mascarillas made in China?

Volvamos al "pesetero", lo opuesto al visionario con instinto de juego y al creador con las ideas claras:

Si uno se sumerge más a fondo en el mundo de las voces populares, el folclore y las sabidurías mundanas, se acaba tropezando con uno de los siete pecados capitales: la avaricia. No tiene nada que ver con la frugalidad, sino más bien con la perdición de los más ricos y su negativa a compartir. "No se debe preguntar cuánto cuesta, sino qué aporta". Me he cansado de repetir esta frase a lo largo de mi carrera profesional, cuando me he encontrado a uno que ni muerto quería invertir o compartir. Si esta frase no ayudaba, entonces le contaba yo la historia del campesino tacaño que, además de carecer de fe en Dios y confianza, no quería hacer lo que era su deber y que por eso se comía las semillas en lugar de confiárselas a la tierra de manera que él tuviera su buena cosecha unos meses más tarde. La mayoría de las veces calaba el mensaje: "¡Quien quiere cosechar tiene que sembrar!"... Y abonar y arrancar malas hierbas y regar, cuidar y proteger. Muchas de estas siembras, o sea, inversiones, no se rechazan por razones comerciales, sino por pereza, por dejarse asustar o por avaricia, o por combinación de estas tres derivas morales... Acariciar la cartera en vez de multiplicar su contenido, o de vez en cuando dar algo de él, no es la más noble de las tareas del comerciante y este comportamiento no encaja con las ganas de crear de la que hacen gala los empresarios y su alegría de ver prosperar su "criatura" y crear puestos de trabajo.

La frugalidad tiene sentido. Ahorrar significa en primer lugar evitar gastos innecesarios. No se puede tener nada en contra de esto. Ahorrar significa también prevenir para cuando lleguen los malos tiempos. Aquí quiero recordar de nuevo a mi abuela: "Ahorra cuando tengas y tendrás cuando falte". Los malos tiempos acaban volviendo. La penuria también. Por favor, no crean que esta ha sido la última crisis. Siempre habrá "pérdidas de cosecha" de todo tipo. Bien sea por inundaciones, por sequía, por plagas, por granizo, por heladas, por políticas erróneas o por el coronavirus. ¿Es eso razón para dejar de sembrar, es decir, invertir y dejar de cuidar con cariño nuestras tierras hasta que podamos cosechar? Un tacaño y un miedoso lo haría, pero un empresario no. La avaricia no mola. La avaricia es una estupidez. Tacaños y estúpidos también aquellos que solamente conocen el precio, pero no el valor... Ahorrar a toda costa también es una estupidez. Cuando se ahorra donde no se debe, llegan sorpresas muy desagradables que además acaban siendo costosas...

"Nunca he ido detrás del dinero. Siempre he esperado a que viniera a mí". Este lema no es mío, pero me gusta.

Conclusión: Trabajar es divertido. Ganar dinero también. Ayudar tiene sentido. La avaricia es dañina. El crecimiento tiene razón de ser. La inversión es provechosa. Quien quiere cosechar tiene que sembrar...regar y arrancar las malas hierbas. Así de fácil. ¡Que se diviertan!

 

Su

Ernst Prost

Gerente


España