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"¿Dividendos y jornada reducida? ¿Cómo puede ser eso? La única magnitud que se sacrifica en una crisis son las ganancias"

El director gerente Ernst Prost con un alegato en contra del "capitalismo descontrolado" y a favor de la economía social de mercado

Muy buenas, queridas compañeras y queridos compañeros:

Ya se lo escribía a la prensa la semana pasada y ahora mismo acaba de aparecer en un breve reportaje en el "Mittagsmagazin" de la ARD: En la economía nacional hay ciertos estercoleros donde en estos momentos se están repartiendo suculentos dividendos y a la vez, ¡se está recibiendo "pasta" del Estado! Es muy feo, es obsceno. Descarado e indecente a todas luces. Es aquí donde el capitalismo descontrolado muestra su cara más miserable. No se puede estar recibiendo por un lado ayudas estatales para introducir la jornada reducida y por otro estar repartiendo a los inversores millones y miles de millones de euros en dividendos.

Los directivos responsables en estos momentos se dedican a retener el dinero y no a repartirlo entre accionistas, gestores institucionales de inversiones y accionistas mayoritarios con miles de millones en su haber. Las condiciones se han endurecido dramáticamente desde el 31 de diciembre, la última fecha de referencia. La liquidez manda. Es decir, mejor retener las ganancias en la empresa. Todo lo demás es insensato. Pero lo que es descarado, y va contra todas las normas comerciales, es repartir dividendos del ejercicio pasado y a la vez recibir dinero del contribuyente. En Francia, por ejemplo, está prohibido por ley. Quien quiera recibir dinero del Estado tiene prohibido repartir dividendos.

Aquí en Alemania, quien no quiera peregrinar a los organismos del Estado y en cambio quiera que lo rescate un banco, solo lo podrá hacerlo si no reparte dividendos. Eso lo tienen bastante en cuenta los directivos de los institutos de crédito, como no puede ser de otra manera. 
Pagar dinero para la reducción de jornada es un fantástico instrumento en manos del Estado para evitar el desempleo en las plantillas. Pero no se debe consentir que se utilice para reducir los costes laborales en una empresa con el fin de aumentar los beneficios personales. ¡Los fondos que financian la reducción de jornada provienen de la recaudación fiscal!

Gracias a Dios, las empresas familiares de tamaño mediano (la así llamada columna vertebral de la economía alemana) estamos más comprometidas con las personas que con el capital. Se trata de ser responsables de las personas, puestos de trabajo, de la sociedad y el país, ¡no de maximizar los beneficios descaradamente! Tal y como decidí en la última crisis hace doce años: "No vamos a ahorrar a costa de nuestra gente, ni de nuestros conceptos y, como somos inteligentes, tampoco a costa de nuestro futuro. La única magnitud que se sacrifica en una crisis son las ganancias".  Si sostuviera algo parecido durante una reunión de accionistas, seguro que me echaban rápidamente de la tribuna y que perdería también mi trabajo.

Siempre me ha revuelto las tripas, por la perversidad que entraña, el hecho de que las cotizaciones bursátiles suban cuando las juntas directivas anuncian despidos. ¿A quién le sorprende que muchas personas le hagan la peineta a este modelo económico? Sobre todo, aquellos, que sin tener culpa, han perdido su trabajo y tienen que refugiarse en el Hartz IV. Cuando se realiza un control de recursos, se ha de quedar uno desprovisto de todo antes de recibir el primer euro del Estado y recurrir al patrimonio propio, aunque con ello se toquen las existencias mínimas. Es intolerable repartir ganancias/dividendos a espuertas y al mismo tiempo recibir fondos de ayuda... Sí, sí esta comparación es muy válida. En ambos casos se trata de ingresos fiscales.

Quien compra acciones quiere ganar con la cotización y con los dividendos. No hay nada que objetar por ese lado, ¡al contrario! Pero, por otro lado, quien quiera aprovechar las oportunidades gananciales de la empresa, tiene que asumir también los riesgos empresariales. Por esta misma razón no se pueden privatizar las ganancias en época de vacas gordas y socializar, es decir, pasar a la comunidad las pérdidas, cuando las cosas van mal. Algo que muchos quisieran, está claro. Lo que demuestra que con buenas intenciones no se llega a ningún lado, sino que hay que legislar. No hay banco en el mundo que preste su dinero a una empresa para ver cómo este dinero, a vuelta de correo, acaba en el bolsillo de los accionistas. En este asunto, y por una vez, el Estado podría imitar a los bancos.

Me opongo frontalmente a cualquier manera de capitalismo incontrolado que funcione como máquina multiplicadora de dinero y defiendo la economía libre social de mercado. Con el acento en libre y otro más fuerte todavía en social. Cada crisis deja patente la clase de persona que es cada uno.

Y no vamos a esperar, naturalmente, que los estafadores y sinvergüenzas vayan a introducir ahora la jornada reducida o que los delincuentes vayan a descubrir de pronto un corazón bondadoso simplemente porque ha aparecido el coronavirus. Más bien al contrario, como se puede ver y leer, en estos momentos quienes más actúan son aquellos que se están enriqueciendo de modo injusto o incluso de manera criminal. Espero de todo corazón que aquellos que trabajan para nuestro Estado y están repartiendo las ayudas se fijen mucho en que el dinero llega a aquellos que realmente lo necesitan. También espero que se persiga con todo rigor cualquier forma de subvención fraudulenta o enriquecimiento ilícito a través de los paquetes de ayuda para afrontar la crisis del coronavirus.

No estamos hablando del dinero del Sr. Altmaier o el Sr. Scholz. Se trata de dinero de los contribuyentes que tendremos que ganar de nuevo todos juntos. Es nuestro dinero... Aquellas empresas que tienen miles de millones y quieren repartir dividendos ahora, pueden hacerlo, faltaría más, ¡pero que no toquen el dinero de nuestras contribuciones! 

Las deudas que estamos acumulando ahora para superar la crisis las tendrán que saldar nuestros hijos. O incluso nuestros nietos, ¡si nos descuidamos! Es el deber de la sociedad en su conjunto, y en primer lugar de la economía, no hacer que la deuda acumulada crezca innecesariamente, más aún de lo que va a hacer. Todo negociante honorable debe plantearse en estos tiempos la cuestión de si va a meter el brazo hasta el fondo en las arcas públicas o no.

Su 

Ernst Prost


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